Reinterpretación fotográfica de “unha boda en einibó” de manuel curros enríquez

TEXTO Y FOTOS: Paula Conde

Sentirse como una figura más de los poemas de Curros le ocurre a todo aquel que lea sus versos, sobre todo aquellas composiciones con las que ganó el certamen poético en Ourense, en 1877. ¿Quién no se enojó con Martiño por no creer a Rosiña en la Virgen del Cristal? o ¿quién no recreó en su cabeza al “gaiteiro de Penalta” enamorando chavalas
en las fiestas? Y finalmente durante el mes de junio de este año pudimos vivir de verdad uno de los poemas de Manuel Curros Enríquez. Fueron unos vecinos suyos, los alumnos de primaria del colegio Sagrado Corazón de Celanova los que regresaron a los tiempos del poeta celanovés para recrear “Una boda en Einibó”, aunque adaptando el texto para expresarlo en un nuevo formato, el fotográfico.

Empleando una de esas frases socorridas con las que se solucionan muchas discusiones “hay que adaptarse a los tiempos”, así fue cómo ellos se quisieron acercar y transmitir la obra poética de nuestro autor. Vestidos algunos como los invitados de una boda de esa época y otros suficientemente más modernos, consiguieron la escenificación necesaria
para hacer creer a los demás asistentes que estaban en la auténtica boda de Ádega
y Bras.

 

EN PENALTA

La nueva versión del poema comenzó con el traslado al robledal donde se celebró
el evento. En Penalta se encontraba el terreno escogido, con unas hermosas cañotas
de fondo, y se les prestaba como el sitio más idóneo, pero para no olvidar el lugar propio, primero hicieron una excursión hasta Einibó. Mientras los mayores conocían la aldea, los más pequeños ya se arreglaban para el evento y entre ellos, con especial cuidado, los novios.


Una muestra fotográfica fue la forma en la que se quería plasmar esta actividad,
así que ya después de arreglar la vestimenta comenzaron las cámaras a trabajar. Novios, padrinos e invitados, iban apareciendo y así llegaban al lugar de la ceremonia niñas disfrazadas de avuelas, niños con los trajes prestados de sus abuelos gastando boinas, bastones e incluso alguna pipa de tabaco y niñas acomodadas en los trajes que no hay mucho tiempo sus madres habían lucido en alguna boda. Sobre esta mezcla de estilos, colores y balbordo, propio de este elenco de corta edad, se oían las voces de los profesores intentando poner orden para comenzar.

El sonido de las gaitas, después de hacerse aguardar, dio comienzo al desfile. Los primeros en acercarse hasta donde estaba el cura fue la familia de los novios y de sucesivo la novia y el Bras, con su capa negra y su sombrero de paja que en ocasiones le tapaba la cara incluso la nariz. El ciento de miradas del resto de chavales que asistían fijo que el cura había comenzado la ceremonia colorado como un pimiento, entre risas y disparos de las cámaras fotográficas. Llegaron los anhelados “sí quiero” de los niños, la entrega de alianzas, el beso (este pasó como un rayo) y los “vivan los novios”. En el baile participaron los ciento cuarenta escolares mas los profesores, por supuesto, y el lanzamiento del ramo fue el más divertido, ya que era la mitad en tamaño de la joven; un atajo de ramas de roble que voló sorprendentemente unos metros hasta caer al suelo, como siempre, mas una niña, dejando a un lado la vergüenza, tuvo la buena conciencia de recogerlo para que esta parte de las celebraciones actuales, recién adquirida como un parasito de culturas ajenas, había quedado también plasmada. De hecho, la mezcla de actualidad y tradición fue totalmente intencionada, en la búsqueda de una visión personal, contrastando diversos elementos al lo largo de la ceremonia: pamelas y boinas, chorizos y libras de chocolate, el blanco de la novia o el turquesa de alguna invitada y el negro de la mayor parte del resto de invitados o el traje tradicional de los gaiteros y las cámaras en las manos de los monitores.

 


El BANQUETE
Terminó la mañana con el banquete. Sentados en el suelo entre manteles en los que  habían colocado cestos con plantas del campo (esto que no lo sepa el dueño del campo) y que se llenaron de bocadillos, bebida para combatir el calor del mediodía, saltones y tantos otros instrumentos de los que acuerdan llevar los niños a las excursiones en el último momento. Cansados de jugar, bailar y posar para las fotografías regresaron al mundo real y deshicieron el camino sintiendo que la boda de Curros había sido mucho más divertida del que esperaban y yo con la sensación de que habíamos hecho una faena con un poema de Curros difícil de olvidar.

 

fundacion@currosenriquez.es